Hace unos meses, tuvimos la suerte de experimentar, gracias a @cuencos_armónicos, el poder del sonido a través de la voz, de los cantos armónicos, del monocordio y por supuesto, de los cuencos tibetanos.
Para entender el trabajo con el sonido debemos saber que las vibraciones son movimientos periódicos que generan ondas sonoras y tener en cuenta el principio de que «todo está en movimiento, todo vibra, por eso existe» así como el principio de resonancia, que designa la capacidad que tiene la vibración de llegar más allá, a través de las ondas vibratorias y provocar una vibración similar en otro cuerpo. Es decir, es la capacidad que tiene una frecuencia de modificar a otra frecuencia y cuando esto sucede se conoce con el nombre de unificación de fases.
La naturaleza tiende a vibrar en armonía (o buscarla si es que por alguna circunstancia se perdió). Si perdemos esta proporción armónica natural se generan bloqueos y la energía se traba, no fluye; entonces sufrimos porque hay desarmonía en nosotros. Esa falta de armonía se traduce en problemas que van desde enfermedades físicas, desequilibrios emocionales, problemas sexuales, de relación con nosotros mismos o con los demás, etc.
El cuerpo es una entidad viviente de vibraciones y longitudes de onda y cada uno de nosotros tiene su propia frecuencia original de tal manera que cuando estamos en contacto con ella nos centramos, nos sentimos enraizados a la Tierra, perfectamente presentes. La música actúa recreando esa frecuencia armónica original, desbloqueando y haciendo que fluya nuestra energía en todos los niveles. A través de frecuencias de proporciones armónicas, reordena nuestra estructura molecular, nos realinea y equilibra la desarmonía en nosotros. Al reestablecerse la frecuencia vibratoria armónica natural nos ayuda a recuperar la salud física, emocional y mental. Parece magia pero es pura ciencia.